30 septembre 2007
Ser un experto en China
Domingo. Primer día de clases. Acá nada de hacerse los vivos con los feriados. Si el lunes primero de Octubre es el Día de la Fiesta Nacional, si gracias a la Fiesta Nacional nos conceden a los compañeros trabajadores una semana entera de vacaciones (la última hasta Febrero), y si además de eso, por motivos ajenos a nuestro conocimiento, se declara el viernes anterior a las vacaciones feriado también (ya conocemos la historia de los fines de semana largos), el Rectorado dispone sin embargo que: visto bueno para la semana de vacaciones, visto bueno para el viernes anterior de asueto, pero, para no perder tantas horas de clase, por qué no meter todos los cursos que se puedan entre el sábado y el domingo, cosa de complicar lo más que se pueda el ya difícil organigrama universitario.
En mi caso particular, esto significó que en el día del reposo del Señor comencé mi humilde labor en la Universidad de Tongji.
Se trata nada más y nada menos que de una experiencia innovadora: una argentina en China, cae al dedo para dar clases de alemán en inglés. Por qué no? Al fin y al cabo, en los actos del colegio siempre me tocaba hacer de aldeanita de Bavaria, con delantal de colores y bincha adornada de flores. Entre los hits de la época se me veía subida a un símil barco de maqueta, despidiéndome de mi tierra natal, antes de entrar en el exilio argentino, donde me esperaban los tangueros con la llave de la ciudad. Sacudiendo un pañuelo hacia el viejo mundo iba cantando junto a mis paisanos: “Nun ade, du mein lieb Heimatland...”, que quiere decir: “Adiós, pues, querida Patria mía...”, solo que recién hace poco descubrí que el “Nun ade” que cantaba llena de inspiración pero sin tener la menor idea de lo que significaba, se compone en realidad de dos palabras, y que por lo tanto no se escribe ni se pronuncia: “Nunadé”, como siempe creí. Todas las desmitificaciones son en este momento bienvenidas, justo antes de convertirme en “Profesora Experta de Alemán”, título con el que se me ha presentado. Imagínense por ejemplo que llego a la parte del libro de clase en el cual se habla de juegos y deportes (Unidad 4). Quizás me toque entonces explicarles a los estudiantes ese famoso juego del colegio en el que te mataban a pelotazos (los petisos nos escabullíamos, pero si un pelotazo de alguna lunga te agarraba, el moretón te hacía recordar la derrota). En español lo llaman “el juego del quemado”, pero en nuestro colegio, como todo era en alemán, vió?, lo llamábamos por su nombre original: el “Férkebal”. Viene muy a cuento confesar que recién en esta última estadía en Alemania, un velo más de la infancia ha caído, al darme cuenta en una conversación que nada tiene que ver con esto que el “Férkebal” era en realidad el “Völkerball”: la pelota del pueblo. Lentamente, entonces, voy comprendiendo al fin las lecciones de tercer o cuarto grado que uno repetía sin tener la menor idea de lo que estaba diciendo. Y eso es lo que hace de una argentina en China, una competente “experta” de alemán.
Así que sin amedentrarme ni un poco, ni por mi acento de vieja polaca, ni por los artículos (der-die-das) que no pego uno ni por casualidad, me fui silbando bajito por el enorme campus de la universidad, a dar mi primera clase.
Me asignaron uno de los edificios principales, con sus bancos de madera al estilo escuela primaria, sobre los cuales dentro de un rato los estudiantes estarán prolijamente sentados en filas de a dos, mirando algo asombrados a quien sería la futura “profe de alemán”. Puntual suena el timbre que más que timbre es una alarma de incendio, para que nadie se haga el gil, y veo a los chinos y chinas subiendo las escaleras a toda velocidad, porque suena el timbre, la puerta se cierra, y exactos 45 minutos de clases separan el sobresalto de cada estallido de alarma. Yo tranquila, paso grave, majestuoso, como si fuera una clase más entre otras tantas de mi larga experiencia. Justamente mi experiencia, a decir verdad corta pero bien marcada, me hizo recordar una vez más la infructuosa búsqueda de tizas en las aulas vecinas, para poder empezar la clase, o los marcadores para el pizarrón blanco que nunca tienen suficiente tinta y los de atrás que se quejan porque no ven nada, y una perdiendo por culpa de la maldita tinta todo control y credibilidad, justo en su primera clase.
Vaya sorpresa entonces cuando adelante del pizarrón encontré dos cajas
llenas de tizas, unas blancas, las otras de 5 colores diferentes, y los
añorados borradores que nunca están donde debieran, esperando pulcros en el
lugar que les corresponde. Bien, hoy no se borra con la palma de la mano.
Pensando ya en el placer con el que les pintarrajearía todo el pizarrón de
colores, para las terminaciones, y las preposiciones, y otros para femenino y
masculino, acompañados de sus respectivos dibujitos en rojo y azul, dos
estudiantes se abalanzaron sin decir agua va sobre el enorme escritorio de
madera, corrieron mis pertenencias, y en contados minutos me convirtieron el
escritorio en un panel de control: una pantalla de computadora asomó por debajo
de la mesa, con la musiquita del Windows saliendo a todo volumen por los 4
altoparlantes que estaban en diferentes puntos del aula, y ahí nomás me
abrieron el Internet, para que descargue mis documentos, mientras que una
pantalla gigante bajaba automática cubriendo mi pizarrón. Los dos aplicados estudiantes,
sin preguntar nada, cerraron las cortinas, apagaron la luz, y se quedaron
plantados y en silencio, esperando que la función “powerpoint” comenzara. Vale
recordar que unos minutos antes, aún fuera del edificio, me ví ingenuamente
preguntándole a mi asistente (porque tengo una asistente, claro) si sería
posible conseguir un “pasacassette” (sí, dije Cassette-Player!), por si quería
hacerles algún que otro ejercicio de audio-comprensión alguna vez... “No
problem”, me respondió Sonrisita.
Confieso que parada en medio de la oscuridad estaba realmente asombrada. Nunca, ni en Francia, ni en Alemania, ni en la facultad high-tech de Puán, había visto algo así, en un aula de lo más normal, dentro de un edificio con decenas de aulas como esta. Que todo esté provisto, y que en contados minutos lo provisto encima funcione, sin tener que buscar al encargado del edificio para que venga con la única llave o con el único retroproyector o con el único cable de extensión, hace tambalear ciertos prejuicios que uno trae consigo. Pero qué va. Para mostrarles de una que el “primer mundo” no es el más moderno, ni el más tecnificado, sino el que más se obstina en permanecer en el pasado (pensar en la vieja Sorbona, que se opuso firmemente durante las últimas décadas a la incursión del Internet en sus antros), y para enseñarles a su vez que el verdadero “tercer mundo” es aquel que de los menores recursos sabe sacar el mayor provecho (y no a la inversa...), me subí con mucha solemnidad al estrado, atrás de mi escritorio, con una tiza en la mano, y mirando a mi muy dedicada asistente le dije que tan solo necesitaba tiza y pizarrón. Sonrisa de viejo lobo acompañando. Acto seguido y con la misma prontitud, se abalanzaron sobre el escritorio y en orden inverso apagar el Windows, levantar la pantalla, abrir las cortinas, encender la luz y devolverme mi escritorio tal cual lo encontré. Entonces sí, podemos empezar.
26 septembre 2007
El Regreso
Dado que la gran muralla de fuego del mundo cibernético chino ha decidido bloquear el acceso a (entre otros) los blogs hospedados en "blog.com", comienzo entonces a redactar la segunda parte de mi Diario de Viaje en esta nueva dirección.
La primera parte sigue estando a disposición (para los que no residen en China) en la dirección: www.labombatuc.blog.com
Hoy volvimos a aterrizar en Shanghai. Como la primera vez, nadie nos esperaba en el aeropuerto, pero nosotros tampoco esperábamos a nadie ahí. El departamento estaba en orden, tal como lo habíamos dejado antes de partir. Los cactus en vida mientras que los insectos de verano misteriosamente nunca se manifestaron (según mi amiga china, que vino a controlar todo una vez por semana: "Es que en tu casa se morían de hambre"). Hace 30 grados de calor. El aire acondicionado funciona de maravilla. El amigo uigur (minoría turca oriunda de Urumqi, al norte de China), que prepara las mejores brochettes de cordero sobre su bicicleta-parrilla, permanece fiel en su puesto frente a nuestro edificio. Las bicicletas-frutería que al principio vendían ananás, y hacia el verano pasaron a las sandías, ahora reciben el otonio con cientos de pomelos gigantes. Los olores a pescado frito de la maniana, el tráfico, los ejercicios matutinos de la tercera edad, los escupitajos, los altoparlantes de la escuela marcando militarmente el paso a los alumnos, las chicas en bicicleta con sus paragüitas para el sol, cubriéndose el rostro con enormes viseras y los brazos con mangas de plástico para no broncearse demasiado la piel, todo sigue ahí. Pero nosotros ya pasamos la etapa del primer asombro. Ahora formamos parte de todo esto, por más extranjeros que seamos. Distancia y proximidad a la vez, fascinación y escepticismo, dan el nuevo tono a esta segunda parte.

